Un tacón roto, una farola y un vulcanizado de primera

De las decenas de miles de pares que desde abril de 1962 se han vendido en Zapatillería LLaneza ninguno tenía tacón. Y, sin embargo, la historia de esta mítica tienda de gijón arranca con uno. Con un tacón roto, en concreto.

Porque aquel 17 de marzo de 1957, mientras iba de camino a la estación de tren por la carretera de Asturias de León, a Ernestina se le rompió el tacón de uno de sus zapatos. Justo enfrente, un grupo de soldados tomaban algo en una terraza. Era domingo.

“¿Qué te pasó, guapina? ¿Te arreglamos el zapato? Que soy zapatero”, dijo José Llaneza. Enernestina, a cuyo padre no le gustaban mucho los soldados, siguió de largo. Pero, cojeando como cojeaba, no tardó mucho en dar media vuelta y dirigirse a los militares que, primero, temblaron de miedo y, después, la trataron con una amabilidad exquisita. “Te dije que era zapatero, pero no es verdad. Sin embargo este compañero mío sí que lo es, y te lo va a llevar a arreglar ahora mismo”, dijo Llaneza. Cuando uno está ante el amor de su vida está permitido inventarse la profesión que proceda.

También Ernestina lo tuvo claro desde el primero momento. “De todos, era el más guapo, el más alto, el más elegante…”. Al día siguiente, por la calle Ordoño, Ernestina supo que habían preguntado por ella en el cuartel. El amigo al que consultó Llaneza fue claro: “Es la cuenta para ti”. Con esos mimbres, y a pesar de vivir ambos acuartelados, se trataba únicamente de seguir el dictado del destino.

En abril de 1962, con Llaneza ya de vuelta a Asturias y habiendo colgado las botas -fue jugador profesional de varios equipos asturianos- abrieron la primera Zapatillería Llaneza. En Gijón. Muy cerca de la Escalerona. El primer día entró un chico de Santander y pidió unas botas del 43. Por aquel entonces, una talla grande. Ernestina estuvo rápida y le ofreció el playero, del que sí que había talla. El chico pagó 125 pesetas. Fue el primero de los miles de clientes que, hasta hoy, han pasado por la tienda.

Uno nunca sabe dónde está el éxito. El de este icónico local gijonés llegó gracias a un semáforo que situaron junto a su puerta, y también gracias a una valla que obligaba a los viandantes a caminar por la acera. Todos los que iban a la playa pasaban por delante de la tienda y muchos entraban.

Años después, se mudaron a la calle Asturias, en donde permanecen hoy. Es un símbolo de la ciudad. A Llaneza se le daban muy bien los niños y las señoras mayores, con las que pasaba por la tienda para que comprobaran la comodidad del calzado. Había incluso quien le esperaba el tiempo que hiciera falta para que saliera a saludarla antes de ir para casa. “Hasta que Llaneza no me de un besín, no subimos”, le decía una de aquellas señoras a su cuidadora.

Por la tienda pasan hoy los bisnietos de sus primeros clientes. En la trastienda, un espacio más grande que el local comercial, Ernestina recuerda a su amrido, fallecido el año pasado, y repasa la trayectoria de la zapatillería. “Antes todo era sota, caballo y rey. Hoy el diseño ha entrado en las fábricas y, además, hay 31 colores diferentes de todos los modelos”. “Creo que hay muy poca gente de la ciudad que no haya entrado en la tienda”. ¿El secreto de la fidelidad de miles de personas? “El trato que recibe la gente y la calidad”.

Por eso cuando en Balbino recibimos un correo de Zapatillería Llaneza interesándose por nuestras zapatillas nos pusimos de rodillas, que es como se debe estar en los templos. Y salimos hinchados de orgullo. Porque nosotros no lo sabíamos, pero tenemos un vulcanizado de primera. Lo dicen en Llaneza. Amén.